El Salvador no es Nicaragua (para dicha o desdicha de nuestros políticos)
Diciembre 1, 2008
Fuente: El Faro - Carlos Gregorio López Bernal
En la década de los años ochenta en nuestro medio se puso de moda comparar a El Salvador con lo que acontecía o podía acontecer en Nicaragua. En el contexto de la guerra fría esas burdas analogías tenían algún sentido.
Con la lógica de la teoría del dominó se asumió que el triunfo de la revolución sandinista anunciaba la victoria de la izquierda armada en El Salvador. Cuando los sandinistas perdieron las elecciones frente a Violeta Chamorro, se nos dijo que Nicaragua era el ejemplo del fracaso de las revoluciones en América. Pero no obstante que la confrontación este-oeste finalizó hace rato, la tendencia a la comparación continúa. Hace poco, y gracias a un pacto con el Partido Liberal de Arnoldo Alemán, Daniel Ortega volvió a la presidencia. De nuevo nos dicen ¡Cuidado! El Salvador está en la mira, lo que pasó en Nicaragua es un peligro para el país.
En las semanas anteriores hubo elecciones municipales en Nicaragua. En medio de un clima de creciente confrontación, en ausencia de observadores internacionales y con un tribunal electoral poco confiable, el FSLN dice haber ganado la mayoría de municipios, triunfo que ya fue confirmado por las autoridades electorales. La oposición desconoce los resultados, alegando fraude. Entre tanto, y desde las elecciones mismas, la violencia campea en las calles.
De nuevo algunos políticos, medios de comunicación y analistas insisten en “prevenirnos” sobre lo que pasa en Nicaragua y la posibilidad de que en El Salvador acontezca lo mismo. Sus términos de comparación rayan en el absurdo, pues el contexto socio-político y los actores de cada país son muy diferentes. Derecha e izquierda ocupan posiciones diametralmente opuestas. En Nicaragua, la izquierda (si se le puede llamar así) tiene el poder, y sería la que ha hecho fraude. En El Salvador, la izquierda es oposición. Y ciertamente el candidato Funes y algunos efemelenistas han denunciado posibilidad de fraude en El Salvador, obviamente por parte de ARENA, pero esa tesis no es unánimemente compartida. En Nicaragua, la derecha es oposición y denuncia fraude; pero también ha sido responsable de la violencia callejera, dato que aquí se ignora convenientemente.
Las aparentes similitudes entre Nicaragua y El Salvador no resisten el análisis. El único episodio más o menos parecido a lo que acontece actualmente en el país hermano fue el que se dio en las últimas elecciones de alcalde en San Salvador, cuando grupos de efemelenistas prácticamente sitiaron el Tribunal Supremo Electoral, exigiendo agilizar el conteo de votos. Cabe recordar que el presidente Saca contribuyó a exacerbar los ánimos al dar por ganador al candidato de su partido, sin tener datos firmes. Al final, la institucionalidad se impuso y el TSE dio el triunfo a Violeta Menjívar por estrecho margen.
Ahora bien, sería bueno que los salvadoreños nos preguntáramos si Nicaragua es tan importante o poderosa como para marcar el rumbo y el tono de la política salvadoreña. Definitivamente no. Hay diferencias enormes entre ambos países y esas diferencias anulan cualquier injerencia, al menos en el nivel que se nos pretende mostrar.
Quienes insisten en presentar a Nicaragua como el ejemplo a seguir o como la moraleja a tener en cuenta, evidencian bastante ignorancia histórica, o al menos una lectura interesada de los hechos. Lo que acontece actualmente en Nicaragua es producto de al menos tres circunstancias: Primero, una falta de institucionalidad que es un rasgo de larga duración en ese país. Segundo, una tradición caudillista muy proclive al pacto y al arreglo bajo la mesa. La avenencia entre Ortega y Alemán son el mejor ejemplo de ello, pero arreglos como ese abundan en la historia nicaragüense. Tercero, carencia de partidos consistentes y con idearios políticos y principios sólidos, que sean capaces de frenar las ambiciones y desviaciones de sus líderes.
“Pactos” al estilo Ortega-Alemán no son extraños en Nicaragua. A mediados de la década de 1850, liberales y conservadores (León y Granada) estaban en guerra. Ante la imposibilidad de derrotar a los granadinos, los liberales “invitan” al filibustero William Walker para que los ayude. Walker lo hace y derrota a Granada, pero inteligente y ambicioso como era rápidamente se da cuenta de que podía apoderarse del país y por qué no de Centroamérica. Ante la amenaza de Walker, liberales y conservadores pospusieron sus conflictos y se unieron contra Walker.
A finales del XIX, Nicaragua vivió un periodo de relativa calma bajo la firme mano de José Santos Zelaya; sin embargo la inestabilidad política volvió una vez que desapareció el caudillo y fue la causa (o el pretexto) para la intervención de los marines estadounidenses. La épica gesta de Sandino inició justamente cuando el “general de hombres libres” se negó a suscribir un pacto firmado entre Sacasa y Chamorro. Luego apareció Anastasio Somoza, que con el apoyo estadounidense, de la Guardia Nacional por él creada y tras convenientes arreglos con la oposición, establece la dinastía gobernó el país hasta 1979.
Augusto César Sandino y el líder sandinista Carlos Fonseca se distinguen justamente por negarse a esa tradición pactista. El uno anclándose en una ideología liberal antiimperialista y el otro en el marxismo revolucionario; ambos son raras avis en la historia política nicaragüense. Quienes han tratado de emularlos, mostrando apego a principios ideológicos o cierto grado de independencia generalmente han sido anulados. Sergio Ramírez y Ernesto Cardenal son ejemplo de ello.
Si bien es cierto que la historia de El Salvador no es un dechado de democracia y que por el contrario han abundado regímenes autoritarios y poco democráticos, sí ha habido mayor solidez institucional, especialmente después de los Acuerdos de Paz. Los partidos políticos (a excepción de uno o dos por todos conocidos que transan al mejor postor sus votos) tienen una sólida definición ideológica, especialmente los mayoritarios. En ocasiones esta ortodoxia ideológica obstaculiza los entendimientos, pero también puede ser un antídoto a los arreglos tortuosos al estilo Ortega-Alemán. Asimismo, en El Salvador la sociedad civil tiene mayor protagonismo y capacidad de opinión e incidencia. Fue justamente ese factor el que obligó a revertir el inmerecido e impopular aumento de salarios de los diputados en tiempos recientes.
No quiero con esto que nos regocijemos del mal ajeno. Tampoco decir que por suerte estamos mejor que Nicaragua, a menos que también seamos lo suficientemente humildes para admitir a la vez que Costa Rica nos supera con creces. Simplemente quiero decir a políticos, medios de comunicación y analistas, que no es justo que sólo veamos en Nicaragua el “fantasma” del cuento, obviando que buena parte de los problemas de ese país hermano provienen de la incapacidad y de la falta de principios de su elite dirigente, que ha subordinado los grandes intereses del país a mezquinas e inmediatas aspiraciones de grupos o individuos. Aquí también han pasado cosas parecidas, en menor medida y menos descaradamente. Pero han pasado.
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